domingo, 31 de enero de 2016

La evidencia ineludible. 60



Los hombres fríos no dejan 
hablar al corazón 
y cuando alguien escucha el suyo, se escandalizan 
y quisieran reprimir también 
esa ajena voz, que en el fondo, 
tan cerca les llega, 
un poema mío ha merecido 
la irrespetuosa crítica de un lector, 
en un español ininteligible, 
creo entender que me acusa 
de frívola búsqueda del aplauso y la vanagloria 
y despreciando la libertad de expresión, me incita 
a no decir las cosas que digo, 
seguramente porque su para él tan humilde persona 
la siente más capaz que la mía 
de cuidar de mi propia vida 
y de mi propia relación con el mundo, 
cree que no debo hablar 
de los sufrimientos de mi vida, 
ni de las heridas hondas de mi orgullo, 
ni desahogarme en un poema 
del laberinto de soledad en que un mundo sin alma, 
apegado a los sentidos y a la lógica, 
fatuo y superficial, me sumergió 
durante tan gran parte de mis años 
y a pesar de esta actitud suya 
tan intransigente y obstructora, 
insinúa con sus palabras 
de hombre que se cree inteligente y culto 
que he sido dañino, 
trivial, irresponsable, incoherente, 
que empleo la crueldad 
y no soy reflexivo, 
en mi poema, hablaba ingenuamente 
de la angustia que siempre me ha causado 
verme disminuido ante los demás 
sin que los demás hayan dejado nunca 
de fomentarla y agravarla 
con sus gélidas miradas 
pero mi lector espera de mí 
que no diga lo que he dicho, 
aunque lo haya sentido durante tanto tiempo, 
que silencie mi pecho y agarre una guitarra 
para compartir con todos los demás 
ese pacto de resentimiento tácito, 
de dolor y venganza helada, 
de fraternidad hipócrita y falsa 
con que se salda la resignación, 
quizá lea también este poema 
y piense que le ataco como un lobo 
al igual que él me ha hecho a mí 
pero solo defiendo mi dignidad 
oprimida durante tanto tiempo 
por almas como la suya 
que no quieren dejar vivir 
a quienes no pueden traicionarse, 
no me extrañaría nada, niña, 
que fuera proisraelí 
porque un rigor tan desmedido 
no parece sino rencor 
y después de aliviar mi cólera 
alejado de melindres 
con la lengua tan libre 
como la tuvo Adán, 
me doy por satisfecho 
y animo a mi lector por recuperar la concordia 
pagando con mi consejo 
el que él me ha dado a mí 
a que cuando sienta tristeza, 
deje su guitarra y sus canciones 
y la viva de verdad 
porque eso le hará más fuerte 
y más real 
y para acabar, le haré saber 
que cuando lea un poema mío 
y más aún si te lo dedico a ti, 
no debe leerlo con su erudición 
de hombre que ha leído a Galeano 
y cita lo citado por él 
sino con una conciencia de verdad despierta 
cuidadosa de su deber 
y enemiga de las injusticias 
y de todas las mentiras pese a lo hermosas 
que a los ojos aparenten. 

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