domingo, 31 de enero de 2016

La evidencia ineludible. 59



Mi hermana siempre salía
los fines de semana con sus amigos
y en cambio, yo
siempre me quedaba en casa,
sin nadie que me hiciera compañía
como si hubiera hecho mal al mundo
y él me negara todo afecto,
ella consiguió un empleo, tuvo coche propio,
encontró pareja, se casó y tuvo hijos pero yo
jamás hice nada que demostrara
que era un hombre adulto y capaz,
tan impotente fui siempre
pese a la cantidad y magnitud de mis sufrimientos
como cuando era un frágil adolescente
que nunca salía a divertirse
ni se sentía valioso para una mujer
y que despertaba una cruda sorna en sus compañeros
que no cesaba de atormentarle,
en la universidad, mis amigos,
en rigor, no me atribuían
verdadera importancia,
la tenía el que había conseguido pareja,
el que sabía hablar de fútbol
o de política o de profesores,
el que había salido en su adolescencia
y conocía la vida
al contrario que yo,
nunca llegué a ser esas cosas envidiables,
de todas ellas me separaban
los abismos de mi ignorancia y mi debilidad,
que creía no poder ocultar,
la complicidad de los amigos
era distinta entre ellos que conmigo,
para mí faltaba verdadero respeto,
verdadera admiración,
ellos se sentían personas serias pero para mí
se reservaban todos los chascarrillos,
por un corto tiempo, disfruté
de la alegre vida entre amigos
pero años después de dejar la universidad,
ya no me quedaba ninguno
y hundido en el trabajo en la tierra,
regresé a mi vida de aislamiento
y a mis fines de semana fuera
de la auténtica realidad,
hoy domingo no iré a ninguna parte
ni me acompañará amigo alguno,
hay algo en esa soledad
de los días festivos que recuerda a los muertos,
odiosos a todos, abandonados por todos,
olvidados y condenados
pero yo ya no estoy solo,
habito tu dulce pecho,
aun teniéndote tan lejos
y en espíritu, están a mi lado
docenas de seres humanos para los que por fin
es preciosa mi persona. 

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