sábado, 30 de enero de 2016

La evidencia ineludible. 58



En rigor,
¿por qué he estado tan solo toda la vida,
cómo puede un hombre diferir
durante tanto tiempo la búsqueda
de un pecho al que pertenecer,
hacer del camino un invierno sin final
donde no haya otra vivencia que una oscilación eterna
del tedio al recelo y del recelo al tedio?
Las influencias ajenas,
ciertamente dieron motivos a mi voluntad
para mantener mi alma atada
a ese desierto de sed,
siempre me hicieron sentir indigno
los espíritus superficiales y fatuos que conocía,
además mi madre protegía a su hijo
con una enfermiza desmesura,
mis psiquiatras me volvieron un incapaz
con sus ruines medicamentos durante décadas,
mi casa y mi pueblo estaban aislados del mundo
favoreciendo mi timidez,
el tiempo en que nací no quería hombres felices
sino máscaras de poder;
pero no soy yo
tan poco orgulloso y tan resignado
que haya permitido jamás que mis designios
los fundamente algo que no sea
mi personal e inalienable deseo;
es él el que me empujó en realidad
a despreciar el amor
sin excepción hasta que llegaste tú
porque solo en ti encontré
lo que yo añoraba;
¿me creerías si te digo
que las mujeres que conocía
no aguantaban una conversación que saliera
de lo que se habla por todas partes
y que nunca me habrían salvado la vida
si a cambio de ello, perdían
alguno de sus electrodomésticos
y que aunque me mostraran desprecio,
no me convencían de su superioridad
ni de su sencillez aunque me halagaran
y que en creatividad, me recordaban al tentetieso,
en apertura de mentalidad, a los vecinos de Drácula
y en lo libres, puras y no convencionales,
a una nostálgica de Franco
en traje maragato?
Sí, niña, soy un hombre exigente,
que se cerró a toda la humanidad
y se sumergió en el sufrimiento
por puro empecinamiento en la perfección
e imperdonable falta de tolerancia
pero precisamente por eso,
que tomarás por uno más de mis excesos,
te tengo ahora a ti,
un ángel tan luminoso
que deslumbra mi aliento.  

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