sábado, 30 de enero de 2016

La evidencia ineludible. 56



No hubo refugio para mí
en toda la inmensidad
hasta aquel día que llegaste
y encendiste mi pecho
con tus palabras sencillas y profundas,
cálidas y humildes,
eres mi remedo en el mundo,
mi corazón gemelo,
el agua para mi sed ansiosa,
el aire para mis pulmones ávidos,
tu afecto toca lo más sutil
y desolado de mis entrañas
y libera mi aliento
de la prisión de la vida,
hasta que te vi venir,
faltó esperanza para mí
porque no pude encontrar a nadie
que no fuera un extraño. 

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