viernes, 29 de enero de 2016

La evidencia ineludible. 55



La muerte pasó su sombra
por los labios de mi padre
meses antes de que se marchara,
siempre fue un hombre callado
al que costaba arrancarse a hablar,
a veces hacía unos signos como prolegómenos
y por ellos solíamos adivinar
que iba a decir algo,
hay quien dice que no soy poeta
porque no adorno y doy dificultad a mi expresión
pero yo no puedo hacer eso
porque en lo hondo de mi corazón, intuyo
que a mi padre le quedó
una cosa por contar
pero no lo pudo hacer por no atreverse,
porque no era
suficientemente aparente,
ni elegante, ni sensata, ni altiva,
que sus urbanas maneras hicieron
que la lengua se le muriera en la boca
y con ella, toda su esperanza,
yo no voy a poner freno
a la verdad de mi pecho
por evitar el oprobio
con que la hipocresía me hiera,
aunque me echen de todas partes,
aunque me quede solo,
aunque acabe fracasando
por completo como escritor,
aunque como me sucede ahora, se me niegue
reconocimiento y aplauso suficiente,
estoy huyendo con valor
de la servidumbre en que cayó mi padre
y si lo pago con soledad y muero
como él abandonado e incomprendido,
al menos, habré golpeado
en la cara a la mentira,
cuanto has oído de mí,
hasta lo más asombroso es cierto,
no he vestido mis palabras
más que de concisión y llaneza,
cuanto te escribo y declaro es real
porque la falsedad sabe a mi boca
como la áspera tierra,
cuanto amor me brota dentro
te lo entrego al instante
en mis sílabas de fuego
sin pudor alguno
para que no roa de él
el inmundo y grotesco gusano
al que poco importará
la zozobra que me poseyó,
tal vez la humanidad no vuelva
hacia mi rostro jamás su mirada
ni preste oído nunca
a mi voz de angustia,
solo mía, sencilla, fútil
y aun teniendo tanto que decirle,
no quiera creer en mí
ni asir la mano que le tiendo
pero al menos tú sabrás que estuve vivo
y que luché por la esperanza. 

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