jueves, 28 de enero de 2016

En la órbita de la esperanza. 71



En el instituto fue donde comencé
a perder de verdad la salud mental,
ni los profesores ni los compañeros
dejaban de hacerme sentir ridículo
por no poder ser la cosa gris
que sus espíritus respetaban,
recuerdo arrebatos de desolación y desesperación
o sucesos extraños que parecían
salidos de mi propia mente,
el desvarío voluntario era mi vía de escape
contra tanto dogmatismo,
escribí la historia de un naufragio
contada al revés
o una página sin sentido alguno
pero con un tono solemne,
hacía cosas extrañas
para burlarme de los otros
como meterme el bolígrafo en la nariz
o poner un rótulo identificativo en mi pupitre
como si fuera uno de los ponentes
de un congreso presuntuoso,
para todos yo era
un ser grotesco y sin dignidad
porque no afectaba probidad
con la suficiente circunspección,
poco a poco fui creyendo su mentira
porque la mirada arrogante es persuasiva
y acabada la universidad, sentía incluso
que merecía la humillación
de cualquier ser humano,
por eso comprendo bien
a esas mujeres maltratadas
por hombres machistas
que no toman la iniciativa
de rebelarse contra quien las escarnece
imaginando que su sufrimiento
es justo castigo a esa fragilidad
que el maltratador cultiva en ellas,
tuve muchos años por amigos
un matrimonio prepotente y malicioso,
ni siquiera postrándome en el suelo,
me hubieran concedido verdadera indulgencia,
solo cuando abandoné su trato
y di rienda suelta a mi desprecio por ellos,
mi espíritu empezó a recobrar la salud
durante tantos años secuestrada
y mi pecho a liberarse de su culpa,
a la mujer que sufre maltrato le diré
por si mi experiencia de salvación le ayuda en algo
que dejé de creer en mis verdugos
cuando consentí la verdad a mi corazón
que la ansiaba
como el agua el sediento. 

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