sábado, 28 de noviembre de 2015

Una pulgada fuera del amor. 226



Tuve que decirle a una mujer 
que había sido amiga mía 
que no me volviera a hablar en su vida 
porque descubrí que su pecho guardaba 
con rencor e insidia lo poco 
que creía saber de mí, 
comprendí que aquella persona 
jamás me apreciaría de verdad 
porque su entendimiento me censuraba 
una vez más y con intención de humillar 
por algo que forma parte 
de todo ser humano, 
mis errores, mi debilidad, 
mis accidentes, mi falibilidad 
y además no lo hacía por otra cosa 
que para rescatar su falso orgullo de patriota 
al que yo ni siquiera quise ofender 
y tan solo rocé 
con la levedad de un pétalo de afecto, 
no había en sus palabras ninguna tolerancia 
por lo más esencial 
de lo que de mí le había mostrado 
a lo largo del tiempo, 
abriéndole mi corazón, 
hablando y conviviendo, 
le había dado el alma, me había desnudado 
y ella lo aprovechó todo 
para hacerme un patético agravio que vengara 
su sórdida vanidad patriótica, 
supe que amaba más 
al último habitante de su país que a mí 
pero lo peor era 
que había fingido su afecto y había robado 
mi tiempo y mis sentimientos 
por una altanera piedad, 
creyó por estupidez que yo aceptaría 
su compasión y su limosna de amistad 
sin exigirle respeto ni admiración por lo que soy, 
su padre fue hombre de dinero 
y ella se siente obligada 
a la caridad más humillante 
porque carga con el estigma de quien cree 
que la dignidad es solo 
para unos pocos 
que han de dar valor al resto 
con su miserable aquiescencia, 
el mío, en cambio, fue agricultor 
y a mí nunca se me dio 
nada que yo no ganara, 
mi dignidad es de hierro 
porque es la que tienen los hombres 
que son leales a sí mismos, 
a la verdad de su corazón, 
ella no comprenderá jamás 
ninguno de mis poemas 
porque no los escribo para que me admiren 
sino para ser yo mismo, 
hay gente que me abandona 
quizá decepcionada porque dije una palabra 
o escribí un verso 
o hice algo que no le pareció bello 
o inteligente o bondadoso, 
dejaron de ser amigos míos 
porque no creyeron en mi bondad, 
decepcionaron mi corazón 
y me dejaron tristeza, 
quizá los echo de menos 
pero jamás dejaría para que volvieran 
de ser lo que soy 
porque es lo que mi instinto me pide 
y lo que fundamenta mi felicidad. 

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