sábado, 29 de agosto de 2015

Estante luminoso. CCXXVI



A mi corazón mezquino
poca gente hay que le mueva,
los tibios, los engreídos,
los pedantes y las feas,
los dominantes, los malos
no hay forma de que los quiera,
yo quisiera ser un santo
y darles el alma entera
pero no soy más que un hombre
y paciencia no me queda,
cómo escasea el afecto,
los humanos son de piedra.

A las personas que vienen
poniéndome caras buenas
a que les cuente mi vida
mientras la suya me cuentan
yo les digo prestamente
que charlar no me contenta,
ellas se marchan dolidas
creyendo que es una afrenta
pero es que por los extraños
no hay simpatía que sienta,
cómo escasea el afecto,
los humanos son de piedra.

Tengo dos o tres amigos,
que, con mi novia morena,
hacen todos mis amores
y el corazón ya me llenan,
quiero a mi madre también
aunque tocando madera
y, para el resto del mundo
el cariño no me llega
y es que mis entrañas son
para los otros muy secas,
cómo escasea el afecto,
los humanos son de piedra.

Pude vivir largos años
en la soledad extrema
y cuanto más solo estaba
más amable y feliz era,
no extrañaba a las personas,
no buscaba su presencia,
me bastaba compañía
con una larga novela
porque mi pecho es muy frío
aunque algunos no lo crean,
cómo escasea el afecto,
los humanos son de piedra.

No quiero besar los niños,
ni abrazar a las abuelas,
sonreír no me apetece
aunque por feo me tengan,
soy más duro en el sentir
que las mismísimas peñas,
ni porque me den dinero
son más dulces mis maneras,
quisiera ser puro amor
pero el alma se me hiela,
cómo escasea el afecto,
los humanos son de piedra. 

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