lunes, 31 de agosto de 2015

El placer en el bien ajeno. 259



Yo te quiero y te respeto a ti 
porque mi persona es valiosa para ti, 
eres una florecilla, no te tengo miedo 
pero te reverencio como a mi dios 
porque refugias mi aliento 
en tu valeroso seno  
pero ¿por qué habría yo de rendir obediencia 
a mi presidente o mi rey 
que mantienen a mi país 
leal a una dictadura 
o a la jerarquía eclesiástica, 
que quiere que mi corazón sienta 
como ordenan viejos libros 
o a la policía y el ejército, 
que, con su máscara de fuerza, reprimen 
los sueños con que los hombres 
piensan el bien, 
por qué tendría que creer 
en los hombres que otorgan los premios 
si su obsequio es el cerrojo 
con el que cierran mi prisión 
o en los intelectuales reconocidos 
si solo dicen que es imposible 
deshacernos del absurdo mal 
o en mis honrados vecinos 
si me piden escrupulosa urbanidad 
aunque, en sus conciencias, solo hay 
gris egoísmo? 
No, mi vida, yo no acato 
otra autoridad que la del amor 
porque nadie llorará mi partida 
sino el pecho noble y cálido 
que quiso que fuera libre. 

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