lunes, 30 de marzo de 2015

Jardín conmovedor. 39

La tortura de la vergüenza 
me atormentó durante muchos años, 
creía que solo los otros eran 
decentes y correctos 
aun cuando me escarnecieran, 
aun cuando mostraran su vileza, 
aun cuando abusaran 
de mi inevitable debilidad, 
me habían enseñado 
a respetar todo lo cobijado 
en el seno de la sociedad, 
yo estaba fuera de ella, 
condenado al exilio 
y mi dignidad me parecía 
indeciblemente menor, 
miraba con humildad al suelo 
para no agraviar a mis semejantes 
porque ellos eran 
más útiles al mundo que yo, 
me culpaba en mis adentros 
de ser un estorbo 
a la entera especie humana, 
ella merecía el honor 
pero yo tenía que entregarme 
a una negra expiación  
en la humillación y el sacrificio, 
la humanidad era santa pero yo 
no era más que una criatura inmunda 
mas, cuando enfermó de muerte mi padre, 
pude vislumbrar la vida oculta 
que velan las máscaras, 
supe que, en el corazón de los hombres, 
no habita el calor que aparentan, 
que los humanos están unidos 
por la hipocresía y el egoísmo, 
que no hay una gran verdad 
a veces ni en un te quiero
supe que el alma de la sociedad 
es un árido y desolado desierto 
y que muy poca gente vive 
realmente para los otros, 
hoy ya no creo en palabras 
ni en gestos benevolentes, 
escucho solo la voz 
de los alientos desnudos 
y no atiendo a lo que dicen 
las caretas en los escenarios, 
cargadas de un honor 
espurio y ufano, 
hay desconocidos 
que me expresan más amor 
que el que tú quieres confesarme 
pero a mí ya no me engañan 
y sé bien que tu frío 
es el verdadero cariño 
y el amor de esos otros, 
hueca y falsa urbanidad. 

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