domingo, 29 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXXV

Podría olvidarme 
de las cálidas noches de estío 
en el corazón de mi juventud 
cuando contemplaba las estrellas 
henchido el corazón 
de la inmensidad del cielo 
y del enigma de la existencia 
soñando con el bien y la belleza 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de las primaveras de mi infancia 
cuando las amapolas 
brotaban por doquier 
bajo una luz inocente y pura 
y los senderos se volvían 
rutas de la ilusión 
en medio del Paraíso 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de los felices días de lluvia 
de mis recuerdos más lejanos, 
del placer y la paz 
con que escuchaba su rumor 
celebrando el poder de la naturaleza 
tal vez llevando en el pensamiento 
las ansias del primer amor 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de los amaneceres que he contemplado 
desbordando de júbilo 
presintiendo un triunfo 
en el color de las nubes, 
en la claridad del horizonte, 
en la pureza de la brisa, 
en la exuberancia del rocío 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

Podría olvidarme 
de cuanto he visto en el mundo, 
del mar, de la hierba, 
de las montañas, del Sol, 
podría olvidarme 
de las cosas más apacibles 
del cielo azul, del aire puro, 
de las flores y el ocaso 
pero nunca 
de tu rostro turbador 
y tu espíritu perfumado. 

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