viernes, 27 de junio de 2014

La claridad que me inunda. CCXXII

El hombre inicuo 
abomina de la ternura, 
su vida es un camino vacío 
al que solo da sentido 
el placer de sojuzgar, 
jactancioso y cruel, 
se finge invulnerable 
porque no cree que haya nada  
más abyecto que la debilidad, 
muere cada minuto del día 
entregado al tormento del odio, 
no encuentra refugio 
contra la insidia de su espejo, 
su sufrimiento y el de sus víctimas 
se confunden y entremezclan, 
no hay más gozo en su alma 
que el del menosprecio, 
ni otro afán en sus horas 
que el castigo de su pequeñez, 
morirá mordiendo su aliento 
porque no sabrá qué es vivir 
y le parecerá una estafa 
que le robó todo el tiempo; 
nosotros sí conocemos 
el secreto de la existencia, 
somos dos niños pequeños, 
inocentes y sencillos, 
no queremos poder 
porque somos hijos de la libertad, 
no cargamos con máscaras 
pues nuestra mayor dicha 
es nuestra fragilidad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario