viernes, 28 de febrero de 2014

Llama de mi sol ardiente. CLXXXVI

Con el rigor de la misma muerte,
olvidan los otros mi nombre,
me hacen nada,
me empujan a un abismo
en la soledad de su pecho;
para ellos
solo soy un hombre,
esa multitud de espectros
que atestan las calles,
apariencias vagas
sin significado y sin alma
en las que nadie se busca
con demasiada insistencia;
no hay nada de mí
en el corazón de los otros,
no existo, no respiro, no estoy vivo
en su oculta hondura;
los hombres no quieren mucho,
el frío de sus entrañas
es su remanso, su paz, su alivio,
ningún ser humano puede
amar a demasiados,
ni siquiera cuando le obliga
un dios intransigente;
soy nada para los otros,
 los otros no alumbran mi rostro,
soy sombra, oscuridad,
bruma gris para sus adentros
aunque obedezca las normas,
aunque me esmere en ser útil,
aunque alcance a complacer
cuanto se pide de mí;
no es demasiado profunda
su voluntad de escucharme,
sé que nada cuento,
sé que ya estoy muerto,
que no me dejan nacer
más al fondo de su espíritu,
detrás de la afable expresión
con que su rostro me obsequia;
pero tú, amada, no me dejas
perecer en este naufragio,
para ti soy
realidad en el mundo,
espejo que refleja tus llagas,
agonía que conmueve tus venas,
dulzura que te acompaña
en tus claros días,
para ti soy
violento estremecer,
aurora poderosa
que te redime y da vida,
para ti sí existo, hermosa niña,
porque he grabado en tu sangre la huella
de mi codicia de ser.

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