miércoles, 26 de febrero de 2014

Llama de mi sol ardiente. CLXXVIII

La muerte es un coloso
y yo no soy más
que un puñado de polvo,
exánime e impotente,
que el viento arrastra,
caprichoso y sin piedad;
dame tu mano, amada,
dame tu dulce mano,
deja que la bese y toque
con infinita ternura
que la encierre entre las mías
mientras te miro a los ojos
buscando un refugio
para mi pobre miseria.

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