sábado, 28 de diciembre de 2013

Entre almas de hierro. XVIII

El instinto de ser estaba corrompido;
la culpa cautivaba
en lugar de liberar,
no había puertas abiertas
para el alma vacilante;
más allá de la tibieza de los otros
se extendía un sombrío vacío,
los hombres vegetaban exangües
como animales encarcelados.

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