viernes, 27 de diciembre de 2013

Entre almas de hierro. XII

Los niños molestaban;
no había nada más insignificante,
con sus pantalones cortos,
con sus caprichos y fantasías;
su cabeza no estaba desarrollada,
no podían brotar de ella
más que necedades y gracias,
no había que escucharlos,
estaban para aprender
y no para enseñar.
¡Qué poca cosa era un niño!
Ni siquiera era necesaria
su felicidad,
solo la obediencia;
podía ser muy útil,
estaba para ser usado,
para eso lo criaban.
Pero un niño molestaba mucho,
que hablara en público
era una terrible bajeza,
los niños eran bobos,
una vergüenza para los padres.
No había nada más insufrible
solo podían esperarse de ellos
torpezas e iniquidades,
no valían nada,
eran un escándalo,
una maldición, un tormento,
una carga insoportable.
Era preciso que pesara una gran culpa
sobre sus pequeños corazones.

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