viernes, 27 de diciembre de 2013

Cimas del Paraíso. LXX

Supongo, dulce niña,
que la dignidad humana
nos obliga a compadecer
las mayores vilezas de los hombres
y las mujeres,
incluso la traición y la hipocresía
aunque el alma que las perpetra
esté lejos de cualquier padecimiento;
supongo que hay que respetar
incluso al hombre taimado y falso
aunque él no respete nada
y mi respeto solo sirva a su jactancia;
pues bien, amada niña,
compadezco y respeto
a las almas corrompidas
por la sucia mentira
pero no las amo,
solo puedo amar la verdad
del corazón desnudo,
por eso tu aliento ha llegado
a la hondura de mi entraña,
tu pecho es franco y sencillo, 
libre y orgulloso,
y mi ansia más imperiosa
es sentirte a mi lado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario